El Convento de San Plácido es una de las joyas ocultas del Barroco madrileño, es de difícil acceso y concentra varias historias curiosas y leyendas, así como muy importantes obras de arte.
Fundado en 1623 con el nombre de Monasterio de la Encarnación por Don Jerónimo de Villanueva, ministro del rey Felipe IV, en unas casas de su propiedad para que entrase como abadesa su prometida Doña Teresa Valle de la Cerda y Alvarado, una importante dama que se arrepintió pocos días antes de la boda.
Fue habitado por jóvenes monjas de clausura de la Orden de San Benito, de durísimas normas. En 1625, una tras otra, la mayoría de las monjas empiezan a mostrar claros síntomas de posesión diabólica: Gritos desgarradores, convulsiones por los suelos, temblores, dolores, ojos en blanco... Hasta la abadesa parecía poseída. La noticia de las monjas endemoniadas se difunde por todo Madrid e inmediatamente la Santa Inquisición toma cartas en el asunto interrogando a veces bajo tortura a todas las monjas, a los curas confesores y al monaguillo.

El fraile se salvó de la hoguera por confesar sus culpas, pero fue condenado a prisión perpetua. La abadesa fue condenada a reclusión en el convento de Santo Domingo de Toledo, siendo repuesta en su cargo pocos años después y las monjas fueron desperdigadas por varios conventos, aunque la mayoría terminaron regresando al controvertido convento de San Plácido, que años después fue escenario de otra historia extravagante, mezcla de leyenda y realidad y que hizo reabrir el proceso...

Una noche, cuando la joven y bella novicia estaba a punto de sucumbir al acoso real, el rey y sus acompañantes entraron al convento por una carbonera de la casa vecina, pero se encontraron el lúgubre escenario de que la hermosa joven yacía en un negro túmulo mortuorio flanqueado por velones encendidos. Todo era una estratagema montada por la abadesa fundadora, Doña Teresa. Los conspiradores
huyeron descompuestos mientras la espabilada abadesa y sus monjas
tuvieron motivo para reirse del desengaño al que habían sometido al monarca lujurioso y sus aduladores.

La leyenda dice que el reloj dejó de dar campanadas cuando murió la célebre abadesa, Doña Teresa. Estuvo en el convento hasta una reforma en 1903.
En cuanto al cuadro del Cristo de Velazquez, tras muchas peripecias se encuentra en el Museo del Prado. Se dice de él que el pintor dio un brochazo involuntario y estropeó parte de la cara del Cristo. Para arreglar el desaguisado pintó esos mechones de pelo que le caen sobre la cara y que dan a la pintura un mayor patetismo.

Una de las manera de vistar el Convento es asistir a la misa de la mañana del domingo, junto con las monjitas de clausura. Una experiencia increible, la misa en la sala capitular con 13 hermanas que pasan todas los 80 años de edad.